El Sputnik pesaría unos 84 kg, de los cuales 51 pertenecerían al sistema de energía, básicamente unas baterías que alimentarían a dos radiotransmisores. Un sensor de temperatura mediría ésta en su interior, y la información sería enviada a la Tierra a través de un bip-bip codificado.
El famoso brillo exterior del Sputnik se debió a una necesidad técnica: para mantener bajo control la temperatura interna del satélite, influenciada por el calor producido por el transmisor y por los rayos solares que bañarían su exterior, se pulió la esfera hasta dejarla muy brillante, esperando con ello reflejar al menos la radiación procedente de nuestra estrella.

Khrushchev, a la izquierda, encontró un arma propagandística en el Sputnik. (Foto: NASA)
Por otro lado, en vez de fabricar componentes electrónicos capaces de trabajar en el rudo ambiente cósmico, donde dominan los extremos de temperaturas y el vacío, los ingenieros soviéticos mantuvieron el interior del vehículo con una presión sólo ligeramente superior a la existente a nivel del mar. Es decir, el Sputnik tenía una atmósfera interna de nitrógeno, de manera que la electrónica de a bordo podía trabajar en el espacio de la misma manera que lo hacía en la Tierra. En cambio, los americanos optaron por construir piezas capaces de soportar directamente el ambiente espacial.
Una serie de antenas completarían la imagen clásica del Sputnik-1. Preparado en un tiempo récord, el pequeño "Compañero de Viaje" fue llevado a la zona de lanzamiento de Tyuratam/Baikonur, en la estepa de Kazajstán, desde donde iniciaría su histórico viaje.
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