En 1946, el Ejército estadounidense empezó a estudiar los beneficios que un satélite artificial podía reportarles. Los informes generados por organismos como el enigmático Proyecto RAND (Research and Development), otorgaban al satélite artificial un sinfín de aplicaciones militares y científicas. La iniciativa, sin embargo, no fue más allá: era demasiado pronto.
En 1948, algo parecido pasó en Rusia. El experto Mikhail Tikhonravov preparó un informe pionero y lo presentó a la Academia de Ciencias de la Artillería. Para ello, Tikhonravov buscó apoyo en Korolev, pero el documento, por su alto riesgo y poco clara utilidad, no fue considerado seriamente. En realidad, la nación carecía aún de los medios de propulsión necesarios para colocar un objeto en órbita.
Cinco años después, las cosas habían cambiado mucho: Korolev tenía entre manos el desarrollo del primer misil intercontinental de la historia (o ICBM, capaz de saltar de un continente a otro), llamado R-7, y con pequeñas modificaciones podría ser usado para la tarea. El ingeniero-jefe, un enamorado de la aventura espacial, soñaba con llevar algún día a un hombre hasta la órbita terrestre, así como pisar la Luna y los planetas. El satélite artificial era un paso previo que debía emprenderse cuanto antes si quería ver realizado todo aquello durante el breve período de su vida.
Después de algunos estudios suplementarios, Korolev concluyó que su misil podía satelizar unas 1,5 toneladas. Su propuesta fue presentada el 26 de mayo de 1954 al Ministerio competente, pero enfocada de tal manera que el lanzamiento del satélite fuera sólo uno más de los pasos que sirvieran para probar al R-7 como misil ICBM, una prioridad nacional.
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