
En el centro, sentado, Sergei Korolev, junto a miembros de su grupo de experimentación de cohetes GIRD.) (Foto: NASA)
Muchos fueron los que leyeron sus obras y se convirtieron en ingenieros gracias a ellas. Uno de estos entusiastas, Sergei Korolev, se convertiría con el paso del tiempo en el principal impulsor del programa espacial soviético. Él y otros colegas de la época, poco después de la Primera Guerra Mundial, experimentaron con pequeños cohetes de propulsión líquida, y se dieron cuenta de que este artefacto, si crecía convenientemente, podría llevar una carga notable y alcanzar grandes alturas. Desde entonces, su meta principal sería construir un cohete lo bastante grande como para llevar a un satélite al espacio, un ingenio que, merced a su velocidad, podría escapar de la gravedad terrestre y mantenerse indefinidamente alrededor de la Tierra.
Como Tsiolkovsky había sugerido, muchas eran las aplicaciones que un vehículo de este tipo podría tener. Y quizá, con el tiempo, los hombres podrían entrar en uno de ellos y volar también hasta el espacio, haciendo realidad las estaciones orbitales ideadas por el padre de la Cosmonáutica soviética.
Pero Korolev y otros colegas como Valentín Glushko no estaban solos en el mundo diseñando cohetes de propulsión líquida y lanzándolos al aire. Robert Goddard, en Estados Unidos, fue de hecho el primero que logró una hazaña semejante, en 1926. En Alemania, un grupo de aficionados creó una asociación llamada VfR que desembocó en ensayos semejantes, apoyados por sabios como Hermann Oberth.
<< anterior | siguiente >>Página 2/4