Los científicos del Applied Physics Laboratory de la Johns Hopkins University estadounidense llegaron rápidamente a una conclusión: si un receptor de posición conocida (nosotros), podía discernir la órbita de un satélite mediante el estudio del efecto Doppler de sus señales, era lógico pensar que, a la inversa, conociendo con exactitud la órbita de un ingenio, y analizando el mismo efecto Doppler de su emisiones, podría averiguarse la posición del receptor.
Esta información llamó rápidamente la atención de los militares de la Marina norteamericana, que disponían de una flota de submarinos cargados de misiles balísticos. La precisión en el impacto de tales misiles dependía de conocer no sólo la posición del objetivo, sino también de la plataforma de lanzamiento. Y dado que siempre ha sido difícil determinar la localización exacta de un submarino en pleno océano, donde son escasos los puntos de referencia, la idea de colocar a uno o más satélites en órbita que ayudasen a efectuar este cálculo se tornó un caso de prioridad nacional.
En 1958, se dio luz verde al desarrollo del programa, que se llamó TRANSIT. Situada en órbitas a unos 1.100 Km de altitud, sobrevolando los polos de la Tierra, la constelación de satélites debía estar estructurada de tal forma que hubiera al menos uno sobre el horizonte lo más frecuentemente posible, lo cual dependía del número de ellos en el espacio (en principio, cinco). Con esta configuración, podían alcanzarse precisiones de localización de unos 100 a 200 metros, suficiente para la tarea encomendada. El problema principal era que las mediciones no eran constantes sino que en ocasiones podían demorarse varias horas, a la espera de que uno de los satélites apareciera en el cielo local.
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