Incluso antes del lanzamiento del Sputnik-1, el primer satélite artificial, ya resultaba evidente que el espacio podría ser utilizado para muy variadas tareas, en especial de índole militar.
Un aparato en órbita podría fotografiar las fuerzas del enemigo, detectar el lanzamiento de un misil, o comunicar en tiempo real con los ejércitos desplazados a medio mundo de distancia. Otra aplicación, la navegación por satélite, se abrió paso de forma fulgurante tras el despegue del citado Sputnik. Dotado éste con un emisor de radio, los especialistas lograron discernir cuál era su órbita mediante el simple análisis del desplazamiento Doppler de sus señales.
El efecto Doppler es una manifestación física muy conocida. La podemos experimentar fácilmente en nuestra vida cotidiana: por ejemplo, cuando oímos la sirena de una ambulancia que se acerca y que luego se aleja de nosotros, pasando de aguda a grave. El sonido que nos llega, que es una onda que se desplaza a través de la atmósfera, cambia de longitud de onda constantemente porque nuestra distancia respecto al emisor varía asimismo. Sólo oiríamos la sirena en su tono e intensidad exactos si la ambulancia se hallase a nuestra altura y estática respecto a nosotros.
De la misma manera, con el Sputnik moviéndose continuamente por el cielo, sus señales de radio experimentaban el efecto Doppler, de modo que, analizando éste, se podía saber si el satélite se alejaba, se acercaba o si estaba a la distancia mínima respecto al receptor. Y con esta información, podían inferirse algunas de las características de su órbita.
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