Los países asiáticos apostaron firmemente por la teledetección a finales de los años 80. Japón, por ejemplo, orbitó el primer Momo en 1987, dedicado a observaciones marinas. La India inauguró por su parte, en 1988, la longeva serie IRS (con ayuda soviética), una familia que con el paso del tiempo se ha diversificado en vehículos adaptados a tareas cartográficas, oceánicas, etc.
La U.R.S.S. modificó sus cápsulas espía para tareas civiles, y en 1989 empezó a lanzar sus satélites Resurs-F, los cuales volaron frecuentemente durante los siguientes años. Tomaban fotografías y después la película era recuperada en tierra. En 1991, se lanzó además un enorme satélite para observación de la Tierra, el Almaz, con raíces en el programa de estaciones tripuladas y finalmente modificado para obtener productos comerciales.
El equivalente japonés del ERS europeo despegó en 1992 y se llamó JERS. También voló el Topex-Poseidon, una colaboración entre Francia y los Estados Unidos que permitiría, gracias a sus altímetros, obtener una gran cantidad de información sobre los océanos y el resto de la superficie terrestre.
Ya en 1993, Brasil mostró su apuesta doméstica, su pequeño SCD-1, dedicado a recoger información meteorológica y de recursos. En 1995, Canadá lanzó el Radarsat-1, que como su nombre indica, llevaba un radar a bordo. También Ucrania, con el Sich, prestó atención a los océanos.

El siguiente año, la NASA lanzó un satélite exclusivamente dedicado a la observación de la capa del ozono, el TOMS, y Japón ponía en órbita el primero de su serie avanzada, los ADEOS.
En 1997, diversas compañías interesadas en prestar servicios comerciales en el ámbito de la teledetección colocaron en el espacio a sus propios satélites, en algunos casos con capacidades sin parangón fuera del campo militar. Así, volaron los Orbview-2 y Early Bird.
Cada vez más especializados, algunos satélites centraron su atención en aspectos concretos del entorno terrestre. Por ejemplo, el TRMM, una colaboración entre Estados Unidos y Japón, se dedicó a analizar los patrones de lluvia en los trópicos.
En 1999 voló el Landsat-7, una nueva generación en esta longeva familia, que alcanzó resoluciones aún más elevadas y múltiples posibilidades de análisis. El mismo año continuaron los lanzamientos de satélites comerciales, como el Ikonos-2, o en cooperación, como el CBERS (entre China y Brasil). La NASA aportó el Quickscat, para estudios del viento en la superficie de los océanos, y Corea del Sur inauguró su serie Kompsat. Pero quizá la misión más destacada de este año fue el EOS AM, el primero de una compleja familia de satélites pensados para observar la Tierra que la NASA había estado desarrollando durante lustros, y que pretendía, en el marco del programa EOS, hacer avanzar en gran medida nuestros conocimientos sobre los procesos que gobiernan el planeta. Tras el EOS AM (Terra), en 2000 llegó el EO-1, el EOS PM-1 (Aqua) en 2002, el ICESAT en 2003 y el EOS Aura en 2004.
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