La visión que nuestros ojos nos proporcionan del entorno es un tanto engañosa, puesto que nuestra particular cámara biológica tiene sólo acceso a la zona "visible" del espectro electromagnético. Es decir, sólo nos permite ver a los objetos en base a una muy limitada gama de colores. Esto no es extraño, puesto que la mayor parte de la luz solar que puede penetrar en la atmósfera y alcanzar el suelo pertenece a esta estrecha ventana visual. No tendría sentido que nuestros ojos fueran sensibles a los rayos-X o a las microondas si este tipo de radiación producida por nuestra estrella no puede llegar hasta los seres vivos que habitan la superficie. Así, las longitudes de onda superiores a la del rojo o inferiores a la del violeta, quedan fuera de nuestro alcance visual natural. Sólo otra pequeña ventana, el infrarrojo térmico, está a nuestra disposición: nuestra piel es sensible al calor, una información de obvia utilidad para nuestra supervivencia.

Con el paso del tiempo, han sido la tecnología y la ciencia las que han permitido al Hombre observar las cosas a través de longitudes de onda situadas fuera del espectro visible. Y así, hemos desarrollado aparatos que permiten detectar rayos ultravioleta, X o gamma, por un lado, e infrarrojo, microondas y radio por otro.
Sabemos que el color de un cuerpo depende de cómo absorbe y refleja éste la luz. Por ejemplo, un objeto amarillo es aquel que absorbe casi todo el espectro visible a excepción de este color. Pero dado que nuestros ojos no son sensibles a otras longitudes de onda, no sabemos si, además del amarillo, dicho objeto refleja otras radiaciones que podrían aportarnos información importante sobre sus características.
Los satélites de teledetección adoptan precisamente ese papel: el de convertirse en nuestros ojos electrónicos para otras muchas longitudes de onda, informándonos del aspecto que tienen las cosas de la superficie terrestre fuera del espectro visible (aunque también dentro de él) y ofreciendo una información que de otro modo estaría fuera de nuestro alcance.
Que algunas longitudes de onda no lleguen a la superficie no es casualidad. Es, de hecho, una feliz consecuencia de la existencia de una atmósfera que engloba a nuestro planeta. Por ejemplo, la atmósfera evita que los perniciosos rayos ultravioleta afecten a los seres vivos. Ahora bien, esta falta de "transparencia" de la capa de aire implica que un satélite situado en el espacio puede tener dificultades a la hora de observar el suelo. Una simple nube, la lluvia que produzca, o la falta de iluminación pueden impedir visualizar la superficie terrestre.
Los científicos saben esto muy bien y han medido el poder de penetración de algunas radiaciones para superar el problema. Así, un radar (microondas), puede atravesar unas condiciones meteorológicas adversas con facilidad, u observar el suelo en plena noche. Un sensor infrarrojo, por su parte, puede proporcionarnos un mapa de temperaturas de clara utilidad científica.
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