
Gaspard Félix Tournachon fotografió París en 1858, elevándose mediante un globo sobre la ciudad. Tras esa pionera experiencia, las cámaras serían montadas en todo tipo de artilugios voladores, desde cometas hasta palomas mensajeras. Con la Primera Guerra Mundial y la invención del avión, el reconocimiento aéreo acabó imponiéndose como actividad esencial. Las cámaras mejorarían, y también los aviones, alcanzando cotas tan sofisticadas como los famosos U-2, y desembocando después en los satélites espía.
Pero aquí nos interesa especialmente la vertiente científica de la teledetección, cuyos instrumentos, igualmente sofisticados, empezaron a volar primero en cohetes sonda y después acabarían embarcándose en satélites con una cobertura total de la Tierra. La evolución tecnológica de la segunda mitad del siglo pasado permitió dotar a estas máquinas con ojos cada vez más potentes y capaces, hasta que sus productos se han vuelto imprescindibles desde el punto de vista industrial, económico, ecológico, etc.
La ciencia, en efecto, ha encontrado en los satélites de teledetección una herramienta preciosa para avanzar ella misma, gracias a los hallazgos que han hecho posibles, pero también para impulsar la sociedad y dotarla de una nueva concepción más amplia, global, de nuestro planeta, con todo lo que ello implica.
Para comprender cómo la observación remota puede lograr algo así, deberemos entender cómo funcionan los satélites de detección y sus instrumentos, cuya principal misión es captar y analizar la luz que llega hasta ellos.
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