En ocasiones hay que dar un paso atrás para ver mejor el conjunto. Cuestión de perspectiva, nos dirían los que entienden bien este concepto. Buscar un sitio elevado para tener una buena vista es tan útil para un excursionista de hoy en día como lo era para un jefe guerrero de la antigüedad que preparaba la batalla y trataba de situar a sus tropas con ventaja entre los accidentes geográficos de un valle.
La invención de los globos aerostáticos y de los aeroplanos permitió transportar ese punto de vista privilegiado mucho más arriba. Gracias a la fotografía aérea se han conseguido mapas más precisos, información de utilidad militar, e incluso predecir el tiempo o localizar recursos naturales.
Desde gran altitud, todo empequeñece y adopta un nuevo sentido. Las fronteras políticas se difuminan y desaparecen. Algunos rasgos que no son evidentes a ras de suelo, aparecen con toda claridad... De aquí al espacio sólo hay un paso: la atalaya definitiva que nos permite observar la Tierra como un todo y estudiar los procesos que en ella se suceden. Los satélites situados a cientos de kilómetros de la superficie, equipados con decenas de sensores, pueden radiografiarla desde diversos puntos de vista y proporcionarnos datos esenciales que expliquen cómo funciona nuestro planeta, cómo explotarlo, y también cómo protegerlo.
El mundo anglosajón denomina a esta tarea "remote sensing", que podríamos traducir por "teledetección" o "detección a distancia". Como su nombre indica, se trata de utilizar sensores para recoger información desde lejos, sin un contacto directo entre observador y objetivo. Los instrumentos ideados para ello son de muy diversa factura, siendo la cámara fotográfica el más obvio y el más primitivo de todos ellos.
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